Te miro y veo tus fascinantes ojos… dos enormes puertas que me transportan al más fantástico mundo de amor y deseo insostenible y repentino; acaricio tus manos y te ofrezco una copa de vino… sé que es el momento, que tengo que actuar, que el tiempo se empeña en circular en mi subconsciente y no para de dar vueltas, de oprimir las ideas desesperadas del amor que estúpidamente intento cohibir hace ya siglos, por lo menos para mí y no logro desterrar de mis profundidades más reveladoras de puro y desesperado amor.
Estas maravillosa… y lo sabes, percibes que te deseo como las plantas al agua o a la luz del sol, que te admiro como los hijos a sus padres, que bajaría un pedacito de ese caprichoso sol con mis propias manos para hacerte feliz; pero monopolizas ante mi debilidad tu principal virtud, el silencio, el insoportable silencio que me oprime el pecho y me suicida el amor, me vulnera el alma; porque sabes que ese vino y esa copa encima de la mesa es mi coartada perfecta para que el antojadizo tiempo deponga su actitud intolerable de tenerme retenido en condición de vil rehén y se convierta en mi incondicional aliado, en indiscutido teniente general de mi ejercito tenaz de ferviente delirio y desenfrenado arranque de impulsos entusiastas surgidos impetuosamente de mi desencajado pecho.
Me miras… y adivino lo que ves en mis ojos, ves el esclavo oprimido y moribundo, el buitre iracundo y cautivo por la hambruna del amor al que tu instintivo afán de sentirte enamorada quiere tener en la palma de tu mano para regocijarse y avasallar de deseo; pero como el salmón en su desesperado viaje contra la corriente mas caudalosa del rio de la vida, me empeño en seguir adelante con mi descabellada idea de amarte sin límites a la razón, sin condiciones a la salud; y sé que este es el momento, que esta copa de vino que tus labios besan, acarician, miman; me hace hervir la sangre de envidia y desespero, porque desearía con todo los deseos de mis razones de amor, que la copa fueran una ínfima parte de mis labios.
Cuando de repente me doy cuenta que llevamos dos horas en la habitación y no he pronunciado siquiera una palabra, una frase o un movimiento del que intuyas lo desesperado que estoy por ser la copa que besas; hasta que en un arranque furioso de inconsciencia, te hago un abrupto y descontrolado comentario…
¨creo que la vida pasa por delante de mis ojos y siempre veo la luz del sol cuando te miro, que siempre huelo las flores cuando te siento cerca, que la noche tiene estrellas cuando tus ojos me miran, por eso quiero ser tu otra parte, quiero ser esa copa de vino, que mis labios sean el borde, que mi corazón sea su contenido y bebas de mi deseo ferviente de amarte¨
Y sin dudarlo ni siquiera un instante, me dices que tu también sientes lo mismo; y al fin, después de haber hallado la maliciosa coherencia, de volver a la afanosa e incierta realidad de la costumbre, nos damos cuenta que llevamos diez años juntos… y me besas en el borde del labio superior, y bebes de mí todo el amor que llevo dentro, entonces miro la copa con el poco de vino que le queda y me regocijo ante su perplejidad, ante la envidia que en la acera del frente ahora la hincha de rubor, por verme disfrutar del delicioso roce de sus labios tan perfectos; y es cuando ella me dice que me ría más bajo, que los niños duermen y que a pesar de ver en mis ojos que el tiempo ha detenido su desesperada continuidad al infinito y su malicioso deseo de envejecer los envases, sabe que jamás podrá parar la continua y desesperada marcha del amor hacia adelante… y esa noche pasa entre anécdotas y recuerdos, entre historias de amores locos que en otros tiempos fueron la viva imagen de la vida y que hoy, y especialmente esta noche se convierten en el momento más maravilloso.

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