Querido Brian, te escribo esta carta porque no soy lo
suficientemente valiente como para decírtelo a la cara. Sé que hemos
pasado 3 meses maravillosos, pero tuve que decirte esto desde el
principio. Allá voy:
Tengo cáncer cerebral, no tengo cura. Cada vez
que faltaba a clase era porque iba a las quimioterapias. Lo siento, por
todo. Me quedan pocos días de vida, pero estoy pensando las 25 horas del
día en ti; en tu sonrisa, en tu mirada, en la manera en la que me
hacías reír. Te amo, desde lo más profundo de mi alma. Son las tres y
media de la madrugada y sin embargo, sigo pensando en vos y me duele,
muy fuerte. No sufras, yo siempre estaré contigo, en tu corazón.
Encuentra a alguien que te ame como yo lo hago, pero es imposible. El
camino se separa en dos; fuiste todo para mí. Te vigilaré desde esa
estrella que observábamos desde el tractor de tu tío abuelo. No olvides
sonreír, házlo por mí. Fui siempre tuya, solo tuya y de nadie más.
Recuerdo las noches en las que mi único despertador eran tus besos en
los carrillos; esos que tanto me gustaban. Cuando no había ningún vicio
más sentir tus susurros por mi cuello, bajando lentamente por las curvas
de mi cintura, sintiendo lo que es el amor verdadero. ¿Y esa gente que
decía que lo nuestro era un juego de adolescentes? Ni a la suela de los
zapatos. Tengo un nudo en la garganta, siento agitaciones en el estómago
y me da la impresión de que todo el rato alguien me apuñala la espalda.
Bebo un trago de agua del vaso que me trajo la enfermera, con mis
labios secos y hinchados de tanto llorar. Eres mi ángel y, por si acaso
voy al infierno, eres mi demonio. Eres todo lo que quise y tuve en mis
brazos día tras día. Quiero desaparecer; perderme, pero contigo. ¿Me
enamoro? ¿Me muero? En fin, enamorirse.
Hasta siempre, amor.
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